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Las seis tareas principales que han de cumplirse

 

"No hay justicia sin pan para los hambrientos, acogida a los extranjeros, cuidado a los encarcelados..."

 ... Y sin bebida para los pobres, vestido para los desnudos y curación para los enfermos. Así lo proclama Mt 25,31-46. Este pasaje expone las seis tareas principales de la justicia, pues el evangelio no les llama "obras de misericordia", como hará la tradición posterior, sino de justicia, en el sentido estricto de la palabra, como seguiré indicando:
 

Mt 25, 31-46 ofrece así la primera tabla de justicia social (universal), con los derechos y deberes de lo hombres, como indicaré de manera programática, exponiendo luego su sentido:
 

‒ No hay justicia si los hambrientos no comen… El derecho del hambriento a la comida es anterior a todas las leyes concretas. Un Estado que no se comprometa a alimentar a todos los que tienen hambre no es justo.
 

‒ No hay justicia si los sedientos no beben… Un Estado que (teniendo medios) no garantiza el agua a todos los ciudadanos no es un Estado de derecho, sino una asociación de delincuentes, al servicio del aprovechamiento social de algunos.
 

‒ No hay justicia si no se acoge y defiende a los extranjeros. Las formas concretas de hacerlo pueden variar... Pero si un estado no acoge y protege a los extranjeros deja de ser Estado de Derecho, para convertirse, a lo más, a una asociación de egoísmo compartido.
 

‒ No hay justicia si no se ofrece vestido (dignidad) a todos. También aquí pueden variar las formas de hacerlo, pero un Estado que no respeta y ofrece dignidad a desnudos (a los disidentes y distintos, a las minorías) termina convirtiéndose en una masa de delincuentes legalizados.
 

‒ No hay justicia si no se visita-cuida a los enfermos. Si el Estado no toma como prioridad el cuidado de los enfermos deja de ser Estado de Derecho y se convierte en una especie de nazismo más o menos barnizado de racionalidad, que se siente capaz de abandonar o expulsar a los menos fuertes.
 

‒ No hay justicia si no se visita, cuida y ayuda (re-educa) a los encarcelados. Frente a la ley del talión o la venganza que sigue imperando en muchos estados (y en la conciencia de muchos ciudadanos), un Estado que no es justo con los encarcelados, en línea de acogida y ayuda no es Estado de derecho.
 

Desde eso fondo he querido desarrollar aquí el argumento principal de mi conferencia en el CMU de Chaminade, Madrid, de la que hablé inicialmente ayer.

 

Éstas son obras de...

 

‒ Las "obras de Mt 25, 31-46 son obras de obras de justicia, como dice expresamente el texto, pues aquellos que las cumplen se llaman justos: “Entonces responderán los justos (dikaioi)”, es decir los de la derecha (25, 37), es decir, los que han dado de comer y beber a los necesitados. Al utilizar este lenguaje, el texto asume no sólo toda la tradición de la justicia del Antiguo Testamento (tsedaqa: ayuda a los necesitados), sino todo el mensaje de Jesús en el evangelio de Mateo, a quien podemos llamar el evangelio de la justicia (cf. Mt 5, 20 hasta 23, 23).
 

Por eso, en sentido estricto, las obras de Mt 25, 31-46 no son de “misericordia” separada, esto es, no tratan de algo que puede o no hacerse (de algo que queda a discreción de los hombres), sino expresión de la justicia de Dios, que se expresa en la vida de los hombres. Eso significa que esos dolores no remediados provienen de la injusticia de los hombres, de manera que el sufrimiento de los encarcelados, en el que culminan los seis males de la humanidad, puede y debe entenderse como signo de máxima injusticia.
 

Más aún, al interpretar esas obras como expresión de la “justicia mesiánica” (que, como hemos visto, está en el fondo de la vida y mensaje de Jesús), aquellos que no las cumplen corren el riesgo de destruirse a sí mismos (de caer en el fuego eterno). En ese contexto, para defender precisamente la misericordia, para darle toda su seriedad, ella debe situase en un contexto más alto de riesgo de juicio: Allí donde los hombres no “cumplen” esas obras, es decir, no se abren al continente de la misericordia, corren el riesgo de destruirse a sí mismo, de destruir la misma humanidad.
 

‒ Son obras de servicio, es decir, de diakonía, como dice expresamente la pregunta de los “condenados”: ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento… y no te servimos” (kai ou diêkonêsamen soi?; 25, 44). No se trata pues de unas obras de tipo más o menos discrecional, sino de servicio interhumano, en el sentido radical de la palabra, en el centro del mensaje de Jesús de la tarea de la Iglesia.
 

En un sentido extenso, el Nuevo Testamento distingue entre el doulos o esclavo, que sirve por necesidad, es decir, por condición social, el diakonos o siervo, que es un hombre libre, que sirve a otros por su propia voluntad., aunque a veces los matices se solapan. Sea como fuere, Jesús aparece en el Nuevo Testamento como el gran servidor o diakonos, aquel que ha venido a servir a los demás, regalándoles la vida (cf. Mt 20, 28).
 

Aquí se expresa la gran revelación de este pasaje: El hombre está hecho para “servir a Dios”, sirviendo a los necesitados (en esa lista que va del hambriento al encarcelado), es decir, a los hombres y mujeres de su entorno, en un sentido universal, abierto a toda la humanidad. Servir es dar o, mejor dicho, darse para que el otro viva. Este descubrimiento de la solidaridad universal y del servicio concreto a los demás, como expresión y presencia de Dios (plenitud del hombre) constituye el mensaje central del evangelio.
 

En esa línea sigue siendo necesaria la advertencia final de juicio, con el riesgo de la destrucción eterna. El hombre es el viviente cuya realidad se expresa en forma de amor activo a los demás, en línea de servicio, de manera que allí donde unos hombres no sirven a los otros (empezando por los padres que sirven a sus hijos…), la misma humanidad corre el riesgo de destruirse a sí mismo. Como he dicho ya, en contra del lema latino fiat lex, pereat mundus (cúmplase le ley, aunque deba hundirse el mundo), hay que elevar aquí el principio más alto: fiat misericordia, ne pereat mundus (hágase misericordia, para que el mundo no pereza)… Los que no hacen misericordia corren el riesgo de perderse a sí mismos.
 

‒ Son obras de solidaridad y comunión humana, que se realiza a través de una salida (ir donde los necesitados: los enfermos y los encarcelados) y de acogida (de recibir, synagogein, a los extranjeros…). En este contexto evoca la palabra clave de la tradición judeo-cristiana de su tiempo, que es la de recibir y crear espacios de diálogo y convivencia, tal como se realizan especialmente a través de las “sinagogas” (pero no de unas pequeñas sinagogas judías, sino de la gran sinagoga de la humanidad, donde caben todos, empezando por los más pequeños).
 

La tradición cristiana ha puesto más de relieve la palabra “iglesia”, entendida en sentido más confesional, como asamblea en la que se reúnen los “convocados” y celebran el misterio de Jesús (cf. Mt 16,18 y 18,17). Pero en Mateo (y en la iglesia primitiva) sigue siendo fundamental la experiencia de la “acogida” humana, tal como se expresa por la palabra synagogein, sinagoga.
 

No se trata, pues, de ayudar simplemente desde fuera (como podría suceder en el caso de dar de comer y de beber), sino de acoger en el propio grupo, formando así comunión humana, un espacio de diálogo integral, superando las divisiones que se van estableciendo entre grupos y grupos. Así lo ha destacado 25, 35. 38. 43, poniendo de relieve la importancia de la “acogida”, como creación de un espacio de convivencia humana. Pues bien, en ese contexto, los que no acogen a los demás corren el riesgo de destruirse a sí mismos.
 

‒ Son finalmente obras de episcopado, en el sentido también radical de la palabra. Como estamos viendo, en un sentido radical, los representantes del sentido más profundo de la humanidad de Dios son los que sufren, los necesitados (de los hambrientos-sedientos a los enfermos-encarcelados). Pues bien, en sentido activo, los

representantes del Dios salvador son los que hacen justicia, sirviendo a los otros y acogiéndoles. No se trata, pues, de dejar que las cosas sean, de dejar que el mundo siga siendo como era, sino de transformarlo desde la misericordia.

En ese contexto ha proclamado Jesús la palabra central del “episcopado”, es decir, del cuidado por los demás, tanto en referencia a los enfermos (me cuidasteis: 25, 35), como en referencia a los enfermos y encarcelados (25, 43), utilizando en ambos casos el verbo episkeptomai (tener cuidado de, ayudar), del que viene el sustantivo episcopos, obispo, que es una especie de “superintendente”, encargado del servicio mutuo en la comunidad. La iglesia posterior reservará el nombre y función de episcopos, obispo, a unos ministros especiales de la comunidad, que están al servicio de ella, en una línea que terminará siendo básicamente ritual y sagrada. Pero en este pasaje todos los seguidores de Jesús están llamados a ser obispos.

En ese sentido, la iglesia entera tiene un carácter “episcopal”, pues todos los cristianos responsables del cuidado de los demás (de los hambrientos, exilados, desnudos…), y en especial, de los enfermos y encarcelados. En esa línea, allí donde unos no cuidan a los otros se destruyen a sí mismos, quedando en manos del puro talión de ley, que se expresa en el infierno. Así culmina el sentido de estas obras que la iglesia posterior ha llamado de “misericordia”, obras que son mesiánicas y humanas (divinas) en el sentido radical de la palabra, pues expresan la presencia activa de Dios en el mundo.
 

No hay justicia si…

 

Ciertamente, la justicia legal de los estados y del sistema de "comercio" (mercado) del mundo no reconoce de hecho ni cumple estos seis principios (dar de comer, de beber, acoger a los extranjeros, vestir a los desnudos, cuidar a los enfermos y encarcelados...).
 

En esa línea podemos afirmar que no es justo el sistema económico mundial (no cumple esos seis principios), ni son justos los grandes estados como USA,China, Rusia a España... porque que presumen de leyes e instituciones judiciales. En principio esos estados, son representantes y defensores de la injusticia organizada.
 

En su forma actual, los estados de occidente dicen ser “estados de derecho”, que cumplen la justicia. Pero, conforme a la experiencia más honda de la Biblia (y en este caso de Mt 25, 31-46), podemos afirmar que ellos son en general injustos, porque ponen su economía, educación y bienestar al servicio de algunos, no de todos.
 

Ciertamente, las obras de Mt 25, 31-46 no puede imponerse como ley, por justicia coactiva, pero ellas están en el fondo de la mejor conciencia jurídica de occidente, de manera que quien no las cumple no puede llamarse sin más justo, en un plano personal y social.
 

Esas obras marcan el sentido de la justicia, tal como ha sido formulada por la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad) y las revoluciones sociales posteriores, como indica la Declaración de los Derechos Humanos (derecho a la educación, al alimento, a la casa, al trabajo y la asistencia sanitaria etc.) de manera que podría decirse:
 

‒ No hay justicia si los hambrientos no comen… El derecho del hambriento a la comida es anterior a todas las leyes concretas y a todas las normas de justicia estatal o social, como reconocen la misma declaración de los derechos humanos. Esto era algo inconcebible dentro de una justicia entendida en clave en clave grecolatina.
 

En esa línea, hay que afirmar que un Estado que no se comprometa a alimentar a todos los hambrientos no es justo no es justo, aunque diga ser un Estado legal. El problema de fondo es saber si hoy (año 2017) existe un Estado Legal, en ese sentido, capaz de garantizar la comida a todos los hambrientos, o si el poder real está en manos de un orden económico que no tiene en cuenta a los hambrientos, en contra del principio de la justicia misericordiosa de Mt 25, 31-46.
 

‒ No hay justicia si los sedientos no beben… Un Estado que (teniendo medios) no garantiza el agua a todos no es un Estado de derecho, sino una asociación política, al servicio del aprovechamiento social de algunos.
 

Pero también aquí el problema está en saber si el Estado (todos los estados) tienen medios para garantizar el agua para todos los necesitados, o si el Estado ha hecho dejación de autoridad, pues el tema real del agua, como el de la comida, no depende ya de un estado concreto, sino de la economía mundial. Sea como fuere, allí donde una serie de hombres y mujeres no tienen acceso al agua no puede hablarse de justicia real sobre el conjunto de la tierra.
 

‒ No hay justicia si no se acoge y defiende a los extranjeros. Las formas concretas de hacerlo pueden variar, pero si una determinada formación política no acoge y protege a los extranjeros deja de ser Estado de Derecho, para convertirse, a lo más, a un grupo de justicia particular. Conforme a Mt 25, 31-46, el que dice “tuve hambre…, fui extranjero” no es el miembro concreto de un Estado, sino un hombre o mujer sin más, por encima de los estados concretos.
 

En esa línea, conforme a Mt 25, 31-46 una justicia estatal que no reconoce el derecho de los extranjeros ni les ofrece unos espacios de acogida no es justo, de manera que los individuos concretos (los grupos humanos) pueden elevarse en contra de ese Estado, pues los derechos y deberes de cada persona están por encima del mismo Estado.
 

‒ No hay justicia si no se garantiza vestido (dignidad) a todos los hombres. Las formas de hacerlo serán también distintas, en cada circunstancia, pero la dignidad (vestido, educación) de los desnudos o desprotegidos ha de ser principio, fuente de inspiración, de toda justicia, de manera que está por encima de las leyes particulares de un Estado o del mismo orden económico mundial.
 

En ese sentido, las obras de misericordia/justicia que se deben a cada ser humano en cuanto necesitado tienen prioridad sobre todas las leyes particulares de la economía mundo o de los estados. En esa línea podemos afirmar que no existe Estado de derecho (es decir, un Estado justo) si no se compromete a cumplir esos principio (ofrecer alimento, acogida, dignidad, servicio sanitario y espacio de reeducación) a los necesitados (hambrientos, extranjeros, enfermos, encarcelados). El Estado ha de estar al servicio de eta justicia superior, y no a la inversa.
 

‒ No hay justicia si no se visita-cuida a los enfermos. Si el Estado, que asume la autoridad legal sobre un territorio y/o grupo de personas no toma como prioridad el cuidado de los enfermos deja de ser Estado de Derecho y se convierte en una institución para el servicio particular de algunos privilegiados o del sistema económico.
 

Ciertamente, no todos los estados del mundo reconocen este principio “supra-legal”, de manera que algunos (como USA) tienden a dejar el servicio sanitario en manos del dinero de los particulares (condenando a los pobres a la enfermedad y a la muerte). Pero ese principio ha sido fijado de una vez y para siempre en Mt 25, 31-46, como fuente y base de toda ley particular, de manera que allí donde no se cumple los hombres corren el riesgo de destruirse a sí mismo.
 

‒ No hay justicia si no se visita, cuida y ayuda (re-educa) a los encarcelados. Frente a la ley del talión o la venganza que sigue imperando en muchos lugares, un Estado que no ponga de relieve la exigencia de visitar (de acompañar, cuidar…) los encarcelados, en línea de acogida y ayuda, no es Estado de derecho, termina siendo injusto.
 

En esa línea, unas acciones y gestos que en otro tiempo se concebían como pura misericordia han de concebirse hoy como obras de justicia, como había presentido Mt 25, 31-46 al llamarlas obras de justicia. Según eso, unos gestos que en otro tiempo aparecían como “religiosos” han venido a convertirse en expresiones de justicia racional, dentro de un Estado concebido como defensor de los derechos de todos los ciudadanos.
 

(Xabier Pikaza Ibarrondo, en RD)

   
 
   

Paradojas de la sexualidad

(J. I. González Faus, sj, en R.D.).- Buscando una reflexión no clerical ni cristiana, sino puramente humana, partiremos de un conocido mito pagano.
 

1.- Al poeta-músico Orfeo se le permitió sacar del inframundo a su amada Eurídice, muerta en pleno idilio, a condición de que durante todo el camino de salida, ella iría detrás, y él no podía volverse a mirarla, so pena de perderla. Así iban subiendo cuando llegó un momento en que Orfeo, exultante por haber recobrado a su amor, no supo resistir el deseo de verla: volvió la vista atrás y, en aquel momento, Eurídice desapareció, tragada por los infiernos mientras gritaba: "me has perdido a mí, desgraciada, y a ti".
 

Orfeo lloró toda su vida aquel desliz. Y Virgilio, en sus Geórgicas, pintó un Orfeo que repite desesperado el nombre de Eurídice, cuyo eco resuena en toda la naturaleza.
 

Es un mito griego, sin pretensiones religiosas ni morales: busca describir una experiencia humana. Orfeo mata a su amor por no saber resistir el afán de poseerla. Al anteponer su deseo a la vida de ella, la pierde y la condena.
 

Por ahí va nuestro drama humano: el deseo es, a la vez, irresistible y autodestructor. El filósofo G. Marcel decía que este mito había sido fundamental para su vida y su pensamiento: le enseñó a discernir entre el amor posesivo y el amor oblativo. Le hizo comprender que amar no es desear sino aprender a querer. El amor sólo llegará a ser humanamente posesivo si antes ha sido oblativo: si pone el bien de la amada por delante del propio deseo.
 

2.- Contrapeso de lo anterior puede ser... ¡la Biblia!: el Cantar de los cantares exalta a una amada "hermosa como la luna, elegida como el sol y avasalladora como un ejército bien aguerrido". Un texto desinhibidamente erótico, plagado de alusiones físicas tan explícitas como no sé si aparecen en toda la literatura grecolatina (salvo en plan de burla soez, como en Aristófanes o Marcial): los pechos saltarines o el trigal de tu vientre (que me evoca a la Preciosa de Lorca: "abre en mis dedos antiguos la rosa azul de tu vientre")...
 

Pero nueva sorpresa: pese a la sublime intensidad de la pasión que pinta, el Cantar ocupa una parte mínima del texto bíblico: como marcando que el amor sexual no es el campo de la vida sino la fuerza para vivirla. Al revés del pansexualismo de nuestra cultura
 

donde lo sexual ocupa casi todo el espacio, perdiendo intensidad al ganar en extensión y ayudado en eso por la publicidad.

3.- Sumando las lecciones de Orfeo y el Cantar podemos concluir que la sexualidad tiene algo de diabólico y algo de divino: "cruel como el abismo y llamarada divina", dice el Cantar (8,6).
 

Esto puede explicar ese lenguaje malsonante que toma al sexo como material de burla, enfado o desprecio; y que gentes pudibundas condenan, contribuyendo así a la absolutización del sexo.
 

Hace años, en un encuentro con muchachos de la JOC conocí en conversaciones particulares, su lucha por respetar a las mujeres ("aunque algunas están pa comérselas"), argumentándose que ellos también querían que el patrón les respetara: porque, como "ejército de reserva" eran buen bocado para muchos empresarios. Luego de Misa, salimos a tomar algo en un bar, allá por la glorieta de Bilbao.
 

Mis jocistas comenzaron a cantar canciones y contar a gritos chistes verdes, mientras yo pensaba cómo aquella supuesta mala educación les servía de escudo protector contra la absolutización de lo sexual. Y mientras entraba gente bien que los miraba desdeñosamente, y me hacían pensar: si supieran que somos un grupo de chicos católicos y un cura, salimos mañana en primera página de El País... También Max Scheler preguntaba cómo es que, en el cuerpo humano, los órganos de lo más sublime coinciden con los de lo más ridículo; y respondía: para que, si no nos guía el pudor, al menos nos frene la vergüenza.
 

4.- La gran paradoja de la sexualidad humana es su incapacidad para realizar plenamente el amor. El amor tiene una trayectoria preciosa que va de la admiración y la atracción, a la gratuidad (que convierte la atracción en llamada), la entrega y la unión. Pero la unión sexual, por su naturaleza, es mucho más reproductiva que unitiva: prueba de ello es la brevedad del éxtasis, y que tiene su culmen precisamente en la "siembra". El ser humano buscará siempre en la unión sexual más de lo que puede dar, con peligro de degradarla. Y conste que la atracción personal y corporal es en sí misma preciosa: pero acaba mostrando que, o no estamos bien hechos, o estamos hechos para una plenitud que no pertenece a esta dimensión sino a Otra.
 

5.- Resumiendo: el sexo puede ser maravilloso, como utilísimo puede ser el dinero. Pero la experiencia enseña que, precisamente por eso, su activación verdaderamente humana exige esfuerzos que nos parecen muy severos. La supuesta "inocencia sexual" que predica nuestra cultura es gemela de esa liberación total de impuestos que reclaman tantos millonarios norteamericanos.
 

Porque, además, la sexualidad tiene siempre una dimensión social, por muy personal e intima que sea (o mejor, hablando como Mounier: precisamente por eso). Esto lo olvidan muchas izquierdas que, hablando de socialismo, practican una especie de "capitalismo sexual". Mientras otras derechas, que tanto hablan de moralidad, practican una auténtica "lujuria económica".

 

Cinco cosas que no sabías sobre Jesús

 
 

1) Jesús vino de una pequeña ciudad de un lugar cualquiera: Casi todos los arqueólogos de hoy en día están de acuerdo en que la ciudad de Nazaret tenía solo de 200 a 400 personas. El pueblo de Jesús no se menciona en ninguna parte del Antiguo Testamento ni del Talmud, el cual toma nota de docenas de otros pueblos de la zona.
 

De hecho, en el Nuevo Testamento es literalmente una broma. En el Evangelio de Juan, cuando un hombre llamado Natanael oye que el mesías es “Jesús de Nazaret”, se pregunta: “¿Puede salir algo bueno de Nazaret?” Está tratando sin respeto al pueblo despreciable y apartado de Jesús.
 

2) Jesús probablemente no lo sabía todo: Esta es una pregunta teológica controvertida. Si Jesús es divino, ¿no tendría que saber todas las cosas? (De hecho, en varias ocasiones Jesús predice su muerte y resurrección). Por otro lado, si él tenía una conciencia humana, él necesitaba que le enseñaran antes que supiera las cosas. El Evangelio de Lucas dice que cuando Jesús era un hombre joven él “progresaba” en sabiduría. Eso significa que él aprendió cosas. (De lo contrario ¿cómo iba a “progresar”?).
 

En el Evangelio de Marcos, Jesús inicialmente se niega a sanar a la hija de una mujer no judía, diciendo con cierta brusquedad: “No es justo tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos”. Pero cuando ella responde que hasta los perros comen de las migajas de la mesa, Jesús se ablanda y cura a su hija. Él parece estar aprendiendo que su ministerio se extiende más allá del pueblo judío.
 

3) Jesús fue duro: Desde los 12 años hasta los 30, Jesús trabajó en Nazaret como carpintero. “¿No es éste el carpintero?”, dicen las multitudes asombradas cuando comienza a predicar. La palabra que se usaba para la profesión de Jesús en el griego original es tekton. La traducción tradicional es “carpintero”. Pero la mayoría de los académicos contemporáneos dicen que es más parecido a un artesano corriente y algunos incluso lo traducen como “jornalero”.

Un tekton podría haber hecho puertas, mesas, bases para lámparas y arados. Pero probablemente también construyó paredes de piedra y ayudó con la construcción de viviendas.
 

Era un trabajo duro que conllevaba acarrear herramientas, madera y piedras por toda Galilea. Jesús no llega simplemente al escenario mundial después de ver un trozo de madera con añoranza cuando estaba de humor. Durante 18 años, trabajó y trabajó duro.
 

4) Jesús necesitaba “tiempo para sí”: El evangelio frecuentemente habla sobre la necesidad que Jesús tenía de “alejarse” de las multitudes y hasta de sus discípulos. Hoy en el Mar de Galilea, donde Jesús llevó a cabo gran parte de su ministerio, puedes ver lo cerca que estaban las ciudades y cuan natural debió haber sido para las multitudes entusiastas “presionarlo”, como los Evangelios lo describen.
 

Incluso hay una cueva en la costa, no muy lejos de Cafarnaúm, su base de operaciones, donde pudo haber orado.
 

Se llama la cueva “Eremos”, de la palabra usada para “desolado” o “solitario”, de la cual obtenemos la palabra “ermitaño”. Aunque Jesús era el hijo de Dios, él necesitaba tiempo a solas para orarle al Padre.
 

5) Jesús no quería morir: A medida que se acercaba a su muerte y oraba mucho en el jardín de Getsemaní, Jesús dice, “Pasa de mí esta copa”. Es una oración contundente dirigida al padre, a quién el cariñosamente llamaba Abba. Él no quiere morir.
 

A diferencia de la forma en que algunos cristianos retratan a Jesús como de estar cortejando a la muerte, e incluso desearla, como cualquier ser humano, la idea de la muerte es aterradora. “Mi alma está muy triste hasta la muerte”, dice.
 

En otras palabras, “Estoy tan triste que siento como que me voy a morir”. Pero una vez Jesús se da cuenta que esta es de alguna manera la voluntad del padre, él acepta morir, incluso en una cruz.
 

Martin, termina enfatizando que “al final, como les gusta decir a los teólogos, Jesús no es tanto un problema que hay que resolver, sino un misterio digno de ser admirado”.

Fuente: CNN

(noticiacristiana.com)

Ante la proximidad de la Pascua y el gran estreno de la película “Hijo de Dios”, el reverendo James Martin publicó un artículo especial para CNN donde se hablará mucho sobre Jesús, sin embargo, él advierte que “podrías oír sobre revelaciones de nuevos libros que pretenden contar la “verdadera historia” de Jesús, las opiniones de amigos que han descubierto un “secreto” en la Web sobre el hijo de Dios y los argumentos herméticos de los compañeros de trabajo que pueden demostrar que él nunca existió”.

Por tales razones Martin nos comparte cinco cosas que posiblemente no sabíamos sobre Jesús.
     
Evangelii Gaudium. Una lectura  (J. Arregi)

NOTA: las cifras entre paréntesis indican los números de la Exhortación. Los títulos numerados son del autor de la selección.
 
1 Acoger el mundo de hoy con su evangelio

Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la Fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia (71).

“Llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina […] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente (Juan XXIII) (84).

Son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado (106).

La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar (174).

Es verdad que, en nuestra relación con el mundo, se nos invita a dar razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan y condenan (271).

2. Abrirse a un Evangelio siempre nuevo

Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre nueva (11).

La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas (22)

Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación (27).

La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del “siempre se ha hecho así”. Invito a todos a ser audaces y creativos… Sin prohibiciones ni miedos (33).

Para eso, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos (31).

Los enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad (…) somos fieles a una formulación, pero no entregamos la substancia. Ése es el riesgo más grave. Recordemos que “la expresión de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión se hace necesaria” (Juan Pablo II) (41).

No tengamos miedo de revisarlas (43) [las costumbres].

Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo (83).

A veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno (129).

3. Evangelio es salir, ser “Iglesia en salida”

Hoy, en este “id” de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva “salida” misionera (…). Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (20).

La Iglesia “en salida” es una Iglesia con las puertas abiertas (46). Siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá (20).

A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas (47).

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en lasnormas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37) (50).



4. El Evangelio requiere permanente reforma

El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí (26).

No se pueden llenar los seminarios con cualquier tipo de motivaciones, y menos si éstas  se relacionan con inseguridades afectivas, búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar económico (107).

No nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual (108).

También debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización (32).

No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados (16).

5. El Evangelio contra una economía que mata

Hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa (53).

Algunos todavía defienden las teorías del “derrame”, que suponen que

todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante (54).

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera… A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta (56).

“No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos” (San Juan Crisóstomo) (57).


Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética a favor del ser humano (58).

Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo
y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales (202).

Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado (204).

¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! (205).

6. La injusticia es la raíz de la violencia

Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. … Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz (59).

La inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos (60).

En muchos lugares del mundo, las ciudades son escenarios de protestas masivas donde miles de habitantes reclaman libertad, participación, justicia y diversas reivindicaciones que, si no son adecuadamente interpretadas, no podrán acallarse por la fuerza (74).

7. Los pobres, los primeros del Evangelio

Los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (7).

A veces se trata de escuchar el clamor de pueblos enteros, de los pueblos más pobres de la tierra, porque “la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en el de los derechos de los pueblos” (Pontificio Consejo Justicia y Paz) (190).

Hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha (195).

Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos (…). Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas (198).

8. El Evangelio no se encierra en la doctrina

Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia (35).

[Si se olvida el primado de la misericordia] no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener “olor a Evangelio” (39).

Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios (89).

Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis (99).

La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo

el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio (114).

La centralidad del kerygma [anuncio de la buena noticia] demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas (165).

Más que como expertos en diagnósticos apocalípticos u oscuros jueces que se ufanan en detectar todo peligro o desviación, es bueno que puedan vernos como alegres mensajeros de propuestas superadoras (168).

Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como san Francisco de Asís, todos los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos (216).


Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse (236).

Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne

sufriente de los demás (270).

La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad (278).

Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre nos devuelve la alegría (3).

9. “Mundanidad espiritual” en nombre del Evangelio

Llama la atención que aun quienes aparentemente poseen sólidas convicciones doctrinales y espirituales suelen caer en un estilo de vida que los lleva a aferrarse a seguridades económicas, o a espacios de poder y de gloria humana que se procuran por cualquier medio, en lugar de dar la vida por los demás en la misión (80).

La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal (93).

Se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar (94).

En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos (95).

No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría. Porque “a los defensores de ‘la ortodoxia’ se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injusticia intolerables y a los regímenes políticos que las mantienen” (Congregación para la Doctrina de la fe, 1984) (194).

10. A nueva cultura, nueva expresión del Evangelio

Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad (73).

Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas (74).

Un programa y un estilo uniforme e inflexible de evangelización no son aptos para esta realidad (75).

Se trata del encuentro entre la fe, la razón y las ciencias, que procura desarrollar un nuevo discurso de la credibilidad, una original apologética (…). La prédica cristiana, por tanto, encuentra en el corazón








cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo (133).

Un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo (154).



11. Un Evangelio en muchas culturas

Como podemos ver en la historia de la Iglesia, el cristianismo no tiene un único modo cultural (116).

No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad que algunas culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador (117).

No podemos pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia, porque la fe no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de una cultura (118).

No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse  siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable (129).

12. Evangelio es también diversidad

A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio (40).

Cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia (131).

13. Junto a otras Iglesias, religiones, convicciones

Tenemos que recordar siempre que somos peregrinos, y peregrinamos juntos 244).

La inmensa multitud que no ha acogido el anuncio de Jesucristo no puede dejarnos indiferentes. ¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen! Y si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros! A través de un intercambio de dones, el Espíritu puede llevarnos cada vez más a la verdad y al bien (246).

Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes. Este diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto es un deber para los cristianos (250).

Los creyentes nos sentimos cerca también de quienes, no reconociéndose parte de alguna tradición religiosa, buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza, que para nosotros tienen su máxima expresión y su fuente en Dios (257).

14. Nadie, ni el papa, tiene el monopolio del Evangelio

Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones (16).

Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos. Puedo repetir aquí lo que lúcidamente indicaba Pablo VI: “Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil pronunciar una palabra única, como también proponer una solución con valor universal” (184).

En el diálogo con el Estado y con la sociedad, la Iglesia no tiene soluciones para todas las cuestiones particulares (231).

 
 
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