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DIOS, ¿una persona?
(Julián MELLADO)
 



A menudo se plantea esta cuestión. ¿Es Dios una persona que está allá en el cielo? El concepto de un Dios personal representa la más antigua tradición. Viene de antaño cuando nuestros ancestros creían en un mundo en tres pisos, el cielo donde moraban los dioses o Dios; la tierra donde habitan los hombres; y bajo tierra, el lugar de los muertos. Dios era "ubicado" en un lugar concreto, allá arriba, desde donde intervenía de vez en cuando para mejorar o corregir las cosas que no andaban bien en la tierra.

¿Pero en realidad qué sabemos de Dios? Si decimos que es una persona como nosotros, caemos en un antropomorfismo. Pero si decimos que es impersonal, en el fondo caemos en lo mismo. Porque tomamos al ser humano como referencia y en base a eso tratamos de describir a Dios. Pero ambas ideas (personal e impersonal) pertenecen al lenguaje humano, ya que en realidad Dios es el Indecible, el Inefable.

 
Ahora bien, no podemos quedarnos en el silencio. Tenemos la necesidad de "expresar" nuestra experiencia de aquello que no es sin nosotros y que es más que nosotros.

Si no lo hacemos nos arriesgamos a que desaparezca en una nebulosa sin significado. Lo que expresamos es nuestro encuentro con el Misterio que nos habita, más bien que una explicación sobre Dios mismo. Por lo tanto todo lenguaje sobre Dios debe ser una imagen, un símbolo o una metáfora.

Si no tenemos un "saber", en cambio sí tenemos lo que pertenece al "creer". A aquello en lo cual confiamos, a lo que damos nuestro "corazón".

Literalmente Dios no es una persona como nosotros, ni simplemente una fuerza impersonal. Pero si admitimos que no somos capaces de describir lo que Dios es, y no tomamos literalmente las imágenes que nos proponemos, podremos expresar nuestra fe de diferentes maneras.

Al orar, personificamos a Dios, ya que a veces tenemos necesidad de un interlocutor divino con el cual expresar lo que hay de más profundo en nuestro ser. Así nos dirigimos a Aquel que está "en nosotros y más allá de nosotros".

Hay otros creyentes que experimentan en ellos una fortaleza interior que les transmite una alegría para vivir. En este caso, la oración se convierte en
 
contemplación, en un sumergirse en las profundidades de la vida, en el discernimiento de una presencia.

Entonces ¿qué o quién es Dios? Quizás lo más sencillo es decir que Dios es Dios. No es una persona ni una fuerza, tomadas estas palabras literalmente, si bien hay algo en nosotros que nos hace concebirle de estas maneras. Podemos afirmar que hay en nosotros algo que nos pone en "relación" con Dios. Tenemos una experiencia con una trascendencia que está en nosotros. La manera con la que respondamos a esa interpelación nos irá mostrando las diferentes expresiones de espiritualidad.

Intentemos ponernos de acuerdo al menos en un punto. Quizás podamos hablar de una Presencia en nosotros, que no viene de nosotros y que es más que nosotros. Una Presencia con la cual "contactamos" de una forma u otra.

Pero no hay que plantearse el dilema de lo personal o impersonal para hablar de Dios. Marcus J. Borg en su libro "La Esencia del Cristianismo" (PPC) dice que Dios tiene más que ver con una presencia personal que con una fuerza impersonal. Claro que decir que es una persona, es algo muy limitado.

Así que podemos utilizar las dos fórmulas siendo conscientes que no son sino descripciones, aproximaciones. Por una parte llamaremos a Dios "el Fundamento del Ser", "la Fuente de la vida y del Amor", "el Dinamismo
 
creador" y por otra le diremos "Padre", "Madre", "Amigo" o " Salvador".

Según las necesidades de cada uno, estableceremos una relación diferente con Dios. En nuestros cultos se utilizan ambos lenguajes. Incluso estas dos maneras de hablar se encuentran en la Biblia. (Roca, Viento, Amor, Padre, Señor...) Las Escrituras nos advierten constantemente de que no es posible definir a Dios.

¿Y Jesús? Es el Hombre que encarnó esta Realidad. Mostró lo que esa Presencia puede realizar en una vida humana. Gracias a él identificamos a Dios con la compasión, el amor, la justicia y la verdad. Él es además la personificación de Dios y la manifestación de su Amor. Es el Hombre verdadero, en plenitud, y la presencia de Dios en el mundo. Nos llama a seguirle, para que nosotros también nos convirtamos en una "encarnación", una presencia de lo Divino. Cuando seguimos a Jesús, viviendo sus valores, los del "Reino de Dios", lo invisible se hace ver. Dios está ahí.

¿Es Dios una persona? No es menos que una persona (es más) y más que una fuerza impersonal. Una Presencia de Amor y de Vida, que ha sido desvelada en la vida de Jesús de Nazaret, quien puede ayudarnos a reconciliar los dos lenguajes, las dos maneras de expresar esa experiencia del Inefable.

 
       
       
       
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